“Hoy en día, para rebatir una acusación, no es necesario probar lo contrario, basta deslegitimar al acusador”

Como el resto de la obra narrativa de Umberto Eco, Número Cero (edición en español de Lumen, 2015) parte de premisas de la semiótica, la teoría de la comunicación y la política del lenguaje para articular sus personajes y conflicto. En este sentido, refuerza la conocida necesidad de Eco de utilizar la ficción para ir más lejos

de la que la teoría le permite. Vale aclarar, más que la aplicación de postulados y  conceptos, la novela es una variación de problemas sin resolver, paradojas y escenarios posibles.

En 1992, en Italia, un tipo es invitado a participar en un proyecto periodístico: escribir, para una revista que nunca existiría noticias falsas que nunca serán publicadas, todo con el fin de extorsionar y manipular una esquiva elite política. A partir de ahí, se establece un juego permanente de palabras, textos, cartas y la historia misma, con el fin de dinamitar las mismas bases de la oposición entre ficción y verdad, conspiración e historia.

Lo que llama la atención de esta novela no es su protagonista (un tipo de mediana edad que cargas frustraciones económicas y sexuales) ni su estructura relativamente simple, sino el complejo de debates e intertextos que la pueblan y disparan en varias direcciones: la historia, la función de los medios y su relación con el poder, hasta la literatura y las mitologías propias que dan significado a la existencia individual.

La novela no solo es una exposición de como la manipulación mediática existe, sino también una inmersión en la misma naturaleza engañosa de la verdad, el lenguaje y la historia. Así, la sátira trasciende el género periodístico, y gira sobre sí misma para denunciar el núcleo igual de vacío de la novela histórica o tal vez la misma literatura. Así, las conspiraciones, como la literatura, también trabajan en el sentido opuesto del tiempo: no hay límite para especular, reinterpretar y concretar una nueva narrativa de lo sucedido.

Como los mismos documentos que los “periodistas” escriben, la novela misma nos recuerda que es escritura, intencional, llena de recursos y posible manipulación. El hecho de que el formato en que la historia sea presentada es el de diario no hace más que agregar un extra de ironía a todo el texto, y escapar de una simplicidad ideológica “ejemplarizante”.

De una manera simple pero lúdica, la novela desafía el formato de novela de conspiración, policíaca. Es educativa sin mirar por encima al lector o moralizar demasiado. Una novela de una aparente estructura simple, que puede ser leída en varios niveles y apelar a varios públicos. Prueba de que Umberto, todavía en la era de las redes sociales y el simulacro, tiene algo que decir.

 

 

 

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