“Dale un hombre una máscara y te dirá la verdad” Oscar Wilde

  1. Consideremos estas dos opciones:

A. Y, un crítico costarricense, escribe un texto T elogiando a X, un poeta costarricense contemporáneo.

B. Harold Bloom, crítico literario estadounidense, escribe el mismo texto, elogiando al mismo autor X.

Es fácil predecir lo que sucedería en ambos casos: En A, si el poeta X llega a darse cuenta del texto T, muy probablemente lo comparta en sus redes sociales personales, haga eco en su círculo social-literaria y eso sea todo.

El caso B, por otro lado, produciría un buen número de respuestas: las ventas de los libros de X aumentaran, reimpresiones, traducciones, festivales, una nueva oleada de revisiones críticas de la obra en conjunto de X. Se interpretaría T a la luz de la poética personal de Bloom.

El texto -recordemos que es el mismo tanto en A como en B- tiene una recepción diferente, debido al autor. De esto no hay duda alguna: saber quién, y desde dónde, escribe es un factor en la interpretación de los textos. No hay vuelta alrededor. El autor se hace más importante en la modernidad literaria (incluso retrospectivamente: no faltan los estudios filológicos e históricos que intentan determinar los verdaderos autores de textos clásicos).  El autor  es un continuum (no por nada nos referimos a los cuentos de Jorge Luis Borges o a las novelas de Carlos Luis Fallas) para los textos. La historia literaria se agrupa en autores. Respondemos a los libros porque han pasado por un medio difusor y han sido entregados a nosotros en el terreno de lo público[1].

Pero por ahora no interesa el autor literario sino otro sujeto: el crítico. Si el comentarista literario se establece como un sujeto crítico, en el sentido en que toma una posición razonada frente a un objeto cultural, parte de su labor es la transparencia y coherencia. El texto se valida constantemente porque es escrito por alguien en un momento dado. Esto vale para el texto artístico como para el ensayístico o el científico.

Ahora bien, todos los textos tienen autor, aunque no se sepa su nombre. Este anonimato -o anonimia- es parte del fenómeno literario, no hay duda de eso, y en la actualidad digital el anonimato tiene varias posibilidades. Podemos concluir que la anonimia – en el contexto de las redes sociales- generalmente sirven para potenciar las agendas radicales. Sirven tanto para dar voz a grupos oprimidos (activistas que pueden sufrir persecución, represalias) como a grupos de poder (producir desinformación, infiltrar grupos de oposición).

En Costa Rica ya tenemos varios casos. El Chamuko, uno de ellos, pretendía ser un “delator de la corrupción” y por lo tanto debía mantenerse anónimo.  Don burro diputado, otro perfil popular, era una sátira contra los partidos políticos.

Estos perfiles parecen tener dos momentos: uno, en el que, desde una posición desenfada, exterior, satírica, de objetividad mayor, atraen atención y consiguen un público; y dos, en el que se revela su verdadera agenda política, en algunos casos extremistas. El Chamuko se inserta en una vertiente cínica de la política nacional, conservadora al mismo tiempo, que pretende desmotivar al ciudadano común con los procesos democráticos pues “todo es corrupto y nada vale la pena”. Don Burro Diputado es parte de la agenda de la extrema derecha nacional, anidada en el partido Movimiento Libertario.

2. En febrero de 2016, José Pablo Núñez aparece con el blog Las peras del Olmo como respuesta al Premio Aquileo Echeverría 2015. Sería mejor decir “reacción”, porque es una respuesta negativa al premio en cuestión. La primera reseña del blog, además de ser una reseña del libro premiado, Un adiós para John Lennon, de Mario Salas.

Desde entonces, José Pablo Núñez -un seudónimo- publica algunas reseñas de poesía en el blog.  Es muy temprano para decir si se trata de un caso de “sicariato literario”. Proablemente no lo sea. Otra pregunta nace: ¿Se pueden leer los textos de José Pablo Núñez? Sí, pero en un marco diferente, pues están en el umbral de lo público, en el límite entre la crítica y el juego.

El primer problema que suscita es que no solo importa lo que dice, sino lo que significa desde el locus de enunciación.  Tiene un significado doble: ¿qué dice y por qué lo dice desde el anonimato? La polémica – vista en los comentarios dejados por les lectores en blog- no es tanto por sus criterios (o falta de) sino por su anonimato. El anonimato añade otra capa de bruma en la que se pierde la discusión.

En el trabajo de José Pablo Núñez se atisban críticas contra el Trascendentalismo. Esta es una posición válida y necesaria que debe considerarse (como lo es la defensa del Trascendentalismo), pero en un marco serio y con criterios convencionales dentro de nuestra tradición literaria.  El crítico, como el autor literario, cuando se inscribe en lo público y en la historia admite que tanto sus errores como buenos juicios lo acompañarán siempre. Decir “Yo soy y esto propongo” será siempre un acto responsabilidad y respeto a los colegas del medio.

Además, si se considera que el medio literario es “anticrítico”, proclive a la radicalización en el binomio elogio/descalificación, la anonimia no es una respuesta radical contra eso, sino una afirmación de que el crítico no debe ser visto, y que debe esconderse para expresar sus ideas. Es un derrotismo cínico, un lujo que como cultura periférica no podemos costear. Los casos de anonimia alejan el interés del texto y lo colocan sobre el autor, en las especulaciones, teorías de conspiración; lo que queda al final es más polarización sin resolver. Simplemente no valen la pena.

El radicalismo lo sufre mucho el medio literario: desidia ante el debate certero, directo, público y documentado.

Una de las preocupaciones más comunes de los profesionales medio es “elevar la crítica”, “producir mejores críticos”, etc. En este sentido, los juegos son contraproducentes. ¿Por qué arriesgar el poco tiempo que se tiene jugando a las escondidas? ¿Cuál es el propósito? Nos quejamos demasiado del atraso y el provincialismo de nuestro medio, pero seguimos con actitudes que validan ese atraso. La anonimia se vuelve un juego de espejos, una matriz de contraespionaje que no conduce más que a reproducir los vicios del ambiente cultural.  Hay mucho trabajo por hacer.  El juego pertenece a la literatura y no a la ciencia que la explica, que desentraña sus ambigüedades. La lucha por la modernidad del medio empieza por la introducción de los sujetos a la luz de lo público.

No es un misterio que la cultura costarricense huye de los debates complicados, como los ideológicos o políticos. Es parte de la identidad nacional. Nuestra idiosincrasia equipara “debate” con “conflicto” y “conflicto” con “violencia”. No es sorpresa que esa sea una de las razones por las que sigamos teniendo un estado confesional, pues, como comunidad no nos interesa tener esa “difícil” conversación nacional. La poesía es otra conversación difícil.

Otro problema traído constantemente a colación es la tendencia del medio a producir “grupúsculos” estético-ideológicos agrupados alrededor de instituciones o figuras de autoridad, sin embargo, este es un falso problema. Los grupos no son el problema (existen en todas las literaturas), sino que no hay un espacio de confrontación razonada, pública y documentada, sino destellos de conflicto, susurros, publicaciones en redes sociales que desaparecen después del tercer día, una maraña de desinformación, una suerte de guerra fría que no escala y que por lo tanto no tiene una resolución, que creemos infinitamente necesaria. El conflicto -entiéndase de ideas- es el padre de la síntesis, y por lo tanto del progreso. José Pablo es producto de esta guerra fría, un peón más en las trincheras digitales de la isla que seguimos siendo.

[1] El argumento en contra siempre es “la muerte del autor”, concepto de R. Barthes. Lo que proponía Barthes no era desestimar la idea de autor, sino mover la atención de la interpretación del autor, al texto, es decir, declarar como inválidas las interpretaciones puramente biografistas, muy populares antes de la llegada del estructuralismo.

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